Segundo tiempo: parte 2

La ascensión

Desde los infiernos

Mismo tiempo, otro lugar…

Parte 2

Atención: en esta historia se describen escenas de violencia y violencia sexual que pueden herir a víctimas sensibilizadas

Estas escenas aparecerán destacadas para poder evitarlas en caso necesario.

Pasado un tiempo, un sonido indicó a Cea que era el momento, manipuló en teclado y presionó ligeramente el exterior de su oreja.

−Hola, soy Cea … Necesitamos antipost … Para ayer, lo necesitamos para ayer … ¿Cuánto? … ¿Estáis locos? Ya no nos queda agua suficiente, tenemos que comprar y no nos queda tiempo … Joerrrr!!! … No, vamos, vamos igual … Hasta dentro de cuatro horas no podremos … ¡¡¡No, ahora no, tenemos un encargo!!! … ¿Cómo que sube el precio? … Serás cabr… Mira, no sé si lo quiero, luego te llamo.

Cea miró con odio a Evo.

−Si las queremos ahora nos dan cinco por cuatro bidones de agua. Más tarde serán diez bidones. Es un cabrón desalmado. ¿Crees que esta vez podrás aguantar? Si me das tiempo, mientras hacemos el trabajo, seguro que puedo conseguirlas más baratas y ahora no tenemos tiempo…

Evo fue a vomitar y al finalizar la miró con los ojos acuosos.

−¿Cuántos bidones nos quedan?

−Nos quedan tres y no sabemos si Dosis nos adelantará algo y qué tendremos que dejarle al paquete. Habrá que ir a por más casi seguro.

−Pues ya sabes mi respuesta. No puedo ir así hasta la frontera. Tendremos, además, que hacer noche…

−De acuerdo

Cea volvió a repetir los movimientos para iniciar una llamada segura:

−Dentro de cuatro horas tendrás los diez bidones y el día que alguien te meta un sable en el culo yo seré la mujer más feliz del mundo −volvió a apretarse la oreja. 


La autocasa se detuvo tras un pequeño vehículo en el que apareció la palabra sígueme. Cea apretó un botón y dijo:

−Sigue el robot que tienes delante.

El vehículo robot los condujo por un tortuoso camino entre unas colinas y se detuvo ante una puerta horadada en la pared de piedra.

Cea y Evo descendieron de la autocasa y atravesaron la puerta.

Entraron en un vestíbulo con aire acondicionado, iluminado por una luz que parecía totalmente natural y los recibió una pareja de hombre y mujer. Iban vestidos y maquillados exactamente igual. La mujer, a la que todo el mundo llamaba Deseo, pero cuyo nombre real era Fyra, era de piel muy oscura y su figura respondía a la perfección a los cánones sociales de belleza para las mujeres de la época. Llevaba un collar unido a una correa de la que tiraba el hombre. Iban vestidos con un tanga y un corsé de algo similar al cuero, de color negro y muy brillante, y llevaban unas sandalias de tacón y plataforma. El pelo también lo llevaban igual: una amplia melena plateada ligeramente ondulada. La chica era espectacularmente hermosa. El hombre aparentaba duplicarle la edad. Aunque fuera vestido y maquillado como su pareja, no había realizado ninguna otra modificación a su cuerpo. 

Evo se acercó a Fyra y comenzó a acariciarla

−Cada día estás más guapa, Deseo, nos pones a mil a todos…

El hombre cogió a Evo por el chaleco y lo elevó del suelo. 

−Ni mirar es gratis, mucho menos tocar y créeme, en tu vida ganarás suficiente dinero para acostarte con ella

La chica sonrió tímidamente.

Entonces, Evo, con sonrisa irónica acercó su mano a la zona genital del hombre:

−¿Y contigo, Dosis, cielo? ¿Cuánto me costaría?

El hombre le propinó un puñetazo que lo tiró al suelo:

−¡Yo soy lesbiana, gilipollas, solo me acuesto con mujeres! Y con algunas lo haría gratis −decía esto mientras acercaba a Cea hasta él cogiéndola por la cintura.

Cea se libró del abrazo de Dosis y preguntó

−¿Cuántos bidones nos ofreces? Necesitamos bidones por adelantado o el paquete se morirá de sed, te lo advierto. Ayer hicimos el último trabajo y no nos has dado tiempo a reponer.

−Si no os lo hubierais gastado todo en drogas, querida, no tendríais estos problemas.

Hablaba solo el hombre. Fyra permanecía en silencio todo el tiempo.

−Por cierto, cariño −continuó el hombre mientras miraba a Cea lascivamente−, si yo no te gusto, pero te gusta Deseo, te la dejo gratis a cambio de que me dejes mirar…

−¿Cuántos bidones? −lo interrumpió Cea que no estaba nada interesada en los caprichos sexuales de Dosis.

La muchacha seguía forzando una sonrisa y miró a Cea también con una falsa lascivia que le provocó a Cea cierta repulsa mezclada con una suerte de lástima.

−No os voy a pagar en bidones. Os voy a pagar en dinero…

−Pero eso lo interviene el estado, ¿estás loca?

El hombre les enseñó una cifra que dejó sin palabras a la joven pareja.

−Voy a vomitar −dijo Evo

Al momento apareció un robot con un recipiente que Evo usó para devolver el poco líquido que le quedaba en el cuerpo.

−Vuestro clan encontrará la manera de blanquearlo y no os perdonará rechazarlo.

−Necesitamos agua −dijo Cea

Dosis se quedó un rato pensativo y al rato sacó su pene erecto del tanga y, señalando con él a Cea, mientras lo acariciaba, dijo:

Eso tiene fácil solución: un antipost para cada uno ahora mismo y treinta bidones de agua si ella me la chupa mientras Deseo le hace un dedo. Lo registramos legalmente como trabajo sexual y solo con eso, blanqueas parte de lo que cobráis por el transporte.

−No / Sí −dijeron Cea y Evo simultánea y respectivamente.

El hombre reía sin dejar de masturbarse, Cea miraba a Evo con cara asustada y este reía.

−Cea, no seas antigua. Sabes que te tiene que gustar. ¡¡¡Es sexo!!! ¡Y encima te pagan! Yo lo haría ahora mismo sin pensarlo…

−Tú te vas a la autocasa y nos dejas tranquilas a las tres aquí −Comentó Dosis mientras les daba unas pastillas que ambos ingirieron automáticamente.

Fyra se acercó a Cea y le susurró al oído, dando la espalda a Dosis que no veía su cara de preocupación.

−Solo tienes que cerrar los ojos y pensar que estás con una multiverso y somos otras personas las que lo hacemos.

−¿Qué le estás contando so puerca? −Vociferó el hombre entre risas mientras tiraba de la correa para apartar a su chica de Cea.

−La estoy poniendo cachonda, mi amor −dijo Fyra mientras comenzando ella también a masturbar a Dosis.

−Si difundes la grabación sin pagar a mi clan, perderás la polla y los huevos para siempre y lo sabes −confirmó Evo mientras abandonaba la cueva.

−Tranquilo, cariño, la grabación será solo de uso privado.

Media hora después que Evo, Cea salió de la cueva y vomitó en el suelo mientras unos robots colocaban los bidones en una parte de la autocasa.

−¿Qué pasa, Cea? −Evo salió de la autocasa al ver vomitar a Cea.

−No sé, será por el multiverso de ayer

−Pero si tú ya estabas bien… ¿No te has tomado la antipost?

−Sí, sí, a veces tarda en hacer efecto..

−A mí me ha hecho efecto automáticamente. ¿Te ha pegado esa cabrona? ¿No te ha gustado? No entiendo…

−No, no, me ha gustado… Creo que he vomitado por lo que te digo…

A Cea no le había gustado absolutamente nada, a pesar de haber intentado seguir los consejos que le había dado la pobre Fyra. La prostitución estaba muy bien considerada en aquella sociedad y se creía que, si no se disfrutaba, era por tener una mentalidad muy retrógrada y conservadora. Por eso Cea no entendía por qué se sentía tan mal. La mayoría de las personas que se prostituían seguían siendo mujeres y ninguna compartía sus emociones reales: el trauma horrible que suponía, y las consecuencias de ese trauma. No lo hacían por miedo a lo que pudiera suponer compartirlo. Había una opinión generalizada de que las mujeres estaban dotadas naturalmente para sentir placer solo por el hecho de ser deseadas. Aquella sociedad patriarcal había normalizado prácticas sexuales que en otros tiempos habían sido denostadas, como la prostitución, pornografía e incluso la pedofilia en algunos casos, como entre niñas de doce o trece años y hombres de cualquier edad, hasta sesenta. Se fabricaban robots sexuales con la apariencia de niños y niñas de todas las edades que proliferaban en el mercado negro. No se podían vender oficialmente, pero comprarlos y usarlos era legal y hasta estaba bien visto en algunos ambientes.


La autocasa los condujo a las coordenadas que Cea había introducido en el ordenador de abordo. Se había hecho de noche. Se detuvieron en medio del desierto.

−A partir de aquí hay que ir andando −comenzó Cea−, según las instrucciones. ¿Las has leído?

−¿Para qué? Ya lo has hecho tú, ¿no? −mientras hablaba, Evo acariciaba la vulva de Cea por debajo de la falda− Me habría gustado verte con ellas…

Cea dirigió su mano hacia los genitales de Evo para comprobar que, efectivamente, no había ninguna erección.

−¿Para qué?, te digo yo a ti ahora, si eso no se va a levantar…

Evo apartó su mano bruscamente y le gritó a Cea

−Pero ¿cómo quieres que se me levante si cada vez que te toco me sueltas alguna gilipollez?

−Vale, vale, si quieres lo intentamos… Prometo estar calladita.

Evo empujó a Cea al suelo, le abrió las piernas y subió la falda para poder observar bien su vulva. Se bajó el pantalón y comenzó a manipular su pene flácido mientras penetraba con un dedo a Cea que comenzaba a estar notablemente excitada. Ella liberó sus senos del corsé. Entonces Evo la cogió por la nuca y le introdujo el pene en la boca. Cea se esforzó por conseguir la erección, pero fracasaba. Entonces Evo la empujó y le pegó un bofetón

−Con la tontería de antes me desconcentraste y es imposible.

Cea rompió a llorar desconsoladamente sin decir nada. Sentada en el suelo, con la falda subida y los senos por fuera del corsé, comenzó a colocarse la ropa lentamente.

−Perdona, amor mío, perdona… −Evo también lloraba− Son las malditas drogas que me ponen este carácter… En cuanto terminemos este trabajo, nos drogamos por última vez, pero solo yo con la que consigue mi erección y solo para follar… Luego ya verás cómo voy a poder…

La abrazó y ambos se besaron apasionadamente mientras sorbían su llanto. En ese momento un sonido tremendo inundó la autocasa y Cea se apretó la oreja

−No, no he acudido … Ese precio … Métete las antipost por el culo … −Evo no paraba de hacer gestos de negación mientras Cea hablaba. Al verlo, cambió el tono− Perdona … no quise decir eso … Mira, tenemos un trabajo urgente … Mañana te doy quince bidones por cinco antipost y una pasti para follar … Pero, ¿qué dices, animal? … Veinte y es mi última oferta … −Cea miraba a Evo con cara de suplicar y Evo se mantenía firme, de pie, con los brazos cruzados sobre el pecho. Eva cerró y abrió lenta y pesadamente los ojos− De acuerdo, treinta bidones por cinco pastis para follar y tres anti post −apretó su oreja

−Ya están invertidos los treinta bidones que conseguí comiéndole la polla a Dosis

−Pues fíjate qué bien: dos polvos que te ganas: el de Dosis y el mío −dijo Evo mientras le besaba la frente.


Entraron con las mascarillas anti olor en un tugurio con mucha gente drogada tirada en el suelo o deambulando como zombis por el local. En otros sitios se repetían escenas sexuales con un número variable de implicadas e implicados… Se acercaron a la barra y la camarera, que iba completamente desnuda, calzada con unas botas doradas que la elevaban del suelo unos veinte centímetros y con el cuerpo untado con alguna sustancia que hacía que su piel brillara, se acercó a Evo para preguntarle qué quería mientras le explicaba que follaría con él al final de su turno por un determinado precio y con los dos por otro más alto. Evo le dijo al oído la contraseña y ella se separó y le señaló una mesa al fondo donde había una persona envuelta en una túnica del desierto sentada sola.

Se acercaron, le dieron unas indicaciones y la persona abandonó el local tras ellos.


En aquella sociedad todo estaba dominado por el sexo, pero por un sexo patriarcal que se identificaba más bien con el poder y la dominación. Se disfrazaba, sin embargo, de libertad sexual y los habitantes de aquel país estaban convencidos de ser los más avanzados por esa cultura que había convertido el país entero en una suerte de burdel enorme moralmente bien visto. Había muchísima pobreza y la salida para la mayoría de las mujeres era la prostitución. Se prostituían desde niñas y las que no lo hacían de manera habitual tenían que hacerlo puntualmente en su vida en algunas ocasiones, como le acababa de ocurrir a Cea. Algunos hombres también se prostituían, pero no era lo habitual. La mayoría de los clientes de hombres prostituidos eran también hombres.

Algunas mujeres prostituidas gozaban de mucha fama en todo el país y sus servicios y filmaciones estaban muy cotizados. La pornografía no daba mucho dinero porque era fácil acceder a ella, ya que se practicaba sexo abiertamente en todas partes y todo quedaba grabado, pero en algunos casos, como en el de estas Sex Stars sí que daba dinero. Se tenía la idea de que tenían mucho dinero y que algunas podrán llegar a ser eternas.

Obviamente, no todo el sexo se practicaba a través de la prostitución, ya que eso implicaba un gasto que no se podía permitir la mayor parte de la población. Por eso había muchas fiestas, sobre todo entre la juventud, pero también en la edad adulta, cuya única finalidad era la orgía en diversas formas. Con lo cual, era muy común encontrar escenas de sexo en casi todos los locales de ocio.

Las mujeres estaban educadas para satisfacer al hombre, pero muchas habían desarrollado la capacidad del goce y hacían uso de ello. Cea era una de ellas, aunque últimamente no estaba teniendo mucha suerte, por culpa de las drogas, creía ella. Había en gran parte de la sociedad un código no escrito que evitaba que todo el estado fuera un campo de concentración y violación para todas las mujeres y en algunas ocasiones, casi siempre cuando no había intercambio económico, se establecían relaciones sexuales muy satisfactorias para todos los participantes,sobre todo en las parejas.


Cuando la mujer se quitó la túnica, la pareja quedó boquiabierta.

−Pero tú… −tartamudeó Evo

−Sí, sí, soy la Gran Eya −dijo la chica.

La Gran Eya era una de las más famosas Sex Stars del país.

−En realidad me llamo Igna y a partir de ahora es así como me llamaréis.

−Bien, Igna, −comenzó Cea que no se mostraba nada impresionada− ponte cómoda. Esta será tu habitación −Tocó un botón en un lateral y se mostró un habitáculo muy similar a donde ella se había despertado hacía unas horas.− Tienes un dispensador de agua fresca y tenemos la nevera llena de batidos nutritivos. Olvídate de comer nada sólido en lo que te queda en este país. Viajaremos por rutas especiales que están hackeadas para que no nos puedan localizar, con lo cual, tardaremos 24 horas en llegar a la frontera. Viajaremos también por la noche muy lentamente con la energía de las baterías. Nos han dicho que ya estás desconectada, pero tenemos que comprobarlo. Si no es así, te entregaremos a las autoridades automáticamente y perderás toda tu inversión. No podrás hablar con nadie más que nosotros ni podrás abandonar la autocasa hasta que no hayamos llegado a la frontera. Cualquier tontería y acabas en manos de las autoridades. No nos interesa…

−¡Ha matado un tío! −La interrumpió Evo que no había dejado de mirarla con deseo en ningún momento−. Y he leído que le atribuyen más. Va a ser que has sido una chica muy mala −le decía mientras intentaba tocarle la entrepierna

−¿Estás loco? ¡Déjame en paz! −Gritó Igna asustada mientras se apartaba y alejaba de él.

−No te preocupes. No te haremos nada −la tranquilizó Cea−. No nos importa lo que ha hecho, Evo, ni le vamos a pedir sexo −le dijo Cea con voz suave y sonriendo.

−No te importará a ti −dijo Evo sin dejar de sonreír y mirar Igna con la misma cara−, yo sí quiero saber por qué tengo en mi casa a la tía más buena del país −Evo volvió a intentar acercarse peligrosamente a ella y Cea se interpuso con delicadeza. −No te pondrás celosa, ¿eh?

−Seguro que Igna está muy cansada. Igna, puedes entrar en tu habitación y cerrar desde dentro. Nadie podrá acceder. Evo, cariño, ¿podrías salir afuera un momento a comprobar si el depósito del agua está conectado a un bidón lleno? En seguida voy a ayudarte.

−Si vais a hacer cosas de chicas, yo quiero mirar…

−Evo, amor mío, te lo pido por favor…

Evo cedió y abandonó la autocasa riendo.

Igna estaba notablemente asustada y temblaba

−No te preocupes. No te hará nada. No se le levanta sin drogas. Hazme caso, enciérrate ahí dentro y olvídalo. Tienes tu seguridad garantizada en esta casa. En el clan nos expulsarían. Sé que algunos clanes obligan a las mujeres a mantener sexo, pero no el nuestro, por eso has pagado tanto. −Cea hablaba mientras recorría el cuerpo de Igna con un dispositivo. −Ya está. Comprobado: no hay conexiones. Entra en tu dormitorio y descansa.

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